Lo que pierdo cuando llega algo nuevo

Columna publicada en Publisher’s Weekly

Una de las lecturas que más he disfrutado esta temporada ha sido el ensayo The new analog (Alpha Decay) del escritor y músico Damon Krukowski. El texto abre así: “Gracias por leer este libro analógico. Ni su editor, ni su autor, sabe que existes. Nadie tiene información sobre ti”. Respiro solo por lo liberador que suena. Si quiero además subrayar un pasaje –invita el autor–puedo marcar la página con cualquier objeto que tengo a mano, hasta mi uña. Y tampoco gasta batería.


El ensayo escrito en 2017 versa sobre una pregunta: ¿Qué perdemos con
cada promesa digital? Para el autor: comunicarnos a partir del verdadero ruido: la distorsión, los crujidos, los accidentes, el susurro. Lo que John Berger identificó como diferentes maneras de ver, Krukowski lo lleva al ámbito del sonido para identificar diferentes maneras de escuchar, y cómo cada una de estas opciones implican actitudes emocionales irreconciliables.


“La tecnología nos sitúa al ser humano en el centro de todo” reflexiona
Krukowski “Echamos mano del gps pero en realidad: no tenemos ni idea de a dónde vamos”. Es el mapa el que te sigue a ti. Somos un punto azul fuera de contexto. Habitamos un no-lugar, aislándonos a conciencia de nuestro entorno real. “Los medios analógicos sin embargo, se parecen más a nuestro cuerpo” afirma.

Cuando pienso en hacer libros lo que me atrae es su materialidad: el tacto, el grosor del lomo, la porosidad de cada papel. Lo compacto del formato (17×21) – mi favorito – sostenerlo. Pienso en la encuadernación manual que me encantaría aplicar, yo misma, a cada uno de ellos pero no sería práctico. En la corporalidad del color. Los que dan hambre – a mí el frambuesa- o escalofríos, como todos los azules.

El ensayo de Krukowski se publicó antes de la irrupción de la Inteligencia Artificial. Leo un informe del National Institute of Health que advierte en voz baja, cómo confiar ella para las tareas que antes realizábamos puede erosionar, entre otras cosas, la confianza en nuestras propias capacidades. Menguar, si ya nos quedaba poca, nuestra autoestima. La paradoja. Pero escribir –como la escucha, la lectura– es un acto de construcción. Arrastra su corte y confección. Escribir es algo lento, frágil y pegajoso, como la masa an que durante años perfecciona la anciana de Dorayaki, la tierna novela que a tantos ha llegado. “Esta masa tiene alma” dice incrédulo el protagonista ante lo rica que en comparación con la que siempre usa: la fácil, rapidísima y prefabricada.

Y sí que tiemblo con la IA en nuestra cotidianidad, en la mía. El no poder sortearla, que vaya colándose, que nos acostumbremos. Es triste que podamos perder otra artesanía más – la escritura– y con ella más de ese tiempo por el que tanto suplicamos y que, con cada artefacto, parece ahogarnos más.

Hoy (por lo menos, hoy) estoy aquí, escribo, como esa reflexión de Sabina Urraca “chat gpt no puede sentir la ansiedad que yo siento” mientras. Nadie sabe que escribo este texto, en esta libreta amarilla, que tacho, repienso, doblo, que he manchado esta mañana con un poco de té y aun, funciona.