Las paredes de ‘Jane Eyre’, ‘Mátate amor’ y ‘Comerás Flores’.
Imagina el amor como una casa maldita. El amor como un ente propio, persecutorio, sólido e inescapable. Cuatro paredes —aplastantes— que te abrigan lo justo paraquedarte hasta que se te vienen encima y aparece el primero —de demasiados—temblores. El amor como una casa en la que la domesticidad se vuelve una forma de vigilancia. En Mátate, amor —la turbadora novela de Ariana Harwicz recientemente adaptada al cine por Lynne Ramsay— no hay ternura posible en ese hogar donde una mujer se deshace, se mastica a sí misma solo para sentirse. En esa frontera entre el instinto y la culpa, el amor ausente es apenas otra forma de violencia, y el deseo, un animal acorralado. En la película vemos a una Jennifer Lawrence que convulsiona, poseída—solo ella comprende— ante su cegado, incrédulo y asustado marido que en el filminterpreta Robert Pattinson. El escenario: como si una de las mujeres de Edward Hopper—silenciosa, contenida— se hubiese cansado de esperar. ¿A qué?
Es esa agónica latencia lo que transforma a las mujeres de estas historias en Penélopes más cercanas a la que imagina Margaret Atwood: atrapadas entre la fidelidad y el resentimiento, reconstruyendo su historia desde el inframundo, cuestionando el amor como deber y la resignación como virtud. La aparente locura es en todas ellas un acto de libertad violento de todo el peso acumulado. Como la ¿loca? mujer en el ático de Jane Eyre, o la espectral Rebecca de Daphne du Maurier. Atwood también convierte el mito doméstico en una casa embrujada por la culpa, y a su protagonista en una mujer en llamas. “Ahora que estoy muerta lo sé todo”. Estas protagonistas hacen arder esa versión de sí mismas: la del ángel del hogar. Y los hombres de estas casas encantadas buscan siempre conservar, preservar, intacto a ese ángel. Es un hombre así el que atrapa a la protagonista de Comerás flores (libros del Asteroide), el que ha sido el libro de este otoño: una primera novela adictiva, incómoda y brillante de la escritora Lucía Solla Sobral. Hay muchos amores feos, y los peores son los que se cuelan, serpentean y se instalan. Comerás flores advierte y retrata cómo las tramas de una historia aterradora pueden convertirte —te convierten— en algo irreparable. “No quieres dañarme / pero mira qué profunda ha llegado la bala”. La mítica canción de Kate Bush podría ser la banda sonora de esta historia.
Esa misma casa —revisitada por autoras contemporáneas— sigue siendo el escenario donde amor y violencia se desdibujan bajo un mismo techo. En Comerás flores, la intimidad es esa casa maldita, el terreno donde el amor echa raíces tóxicas. El amor podrido, ese que daña, huele igual que un hogar abandonado: a humedad, a memoria pegajosa, a la insistencia de algo que no termina y debería tan solo sepultarse.

Jane Eyre, obra de Sigismund de Ivanowski (1875-1944).
