Mirabas a través de la piel.
Los párpados,
clavel en cuencos anclados,
latían en el dulce espesor de una habitación cerrada.
No sabíamos ya
tu lenguaje,
o si acaso hablabas alguno.
Te habías convertido en piedra,
en noche sembrada hace mucho tiempo,
un árbol perpetuo,
firme raíz de mayo.
A tu vera se cantaban nanas y canciones
de esa vida tuya:
liturgia agarrada al suelo
que ya solo te sostenía,
y por los poros de tu piel dormida
reías hacia otros mundos.
La sonrisa intacta,
tu verdor cristalino,
una suave bienvenida.
Te sabías eterna, aurora.
Y no sabíamos ya nosotros
tu lenguaje.