“Entonces en las aguas de Conchán ancló una gran ballena.
Era azul cuando el cielo azulaba y negra con la niebla.
Y era azul.”
–Antonio Cisneros, Entonces en las aguas de Conchán
El único archivo que existe en la Biblioteca Nacional de Londres que no puede escucharse porque nuestro es imperceptible para nuestro oído humano / porque nuestro oído humano no alcanza a captarlo (las frecuencias auditivas vibran muy por debajo de lo que podemos aptar) es el aullido de la Ballena Silenciosa (Silent Whale). Un sonido que sí podemos ver pero no escuchar. Viaja a través de los océanos, y contiene en el imágenes. Las ballenas pueden contar un paisaje, el estado del agua, la ubicación de un banco de peces.
En Silent Whale Letters, estas criaturas se transforman en un vehículo de exploración íntima. El libro, compuesto de cartas a un destinatario lejano, quizás irrecuperable, juega con la figura de la ballena como símbolo de lo perdido y lo recordado. Cada carta se convierte en un mensaje lanzado al océano de la memoria, esperando ser escuchado, como los cantos de las ballenas que resuenan en las profundidades.
*Todo lo que está ahí y no vemos.



Antes de la palabra, estaban ellas. Quien busca una ballena vive, tal vez, hacia lo imposible. El más descomunal de los seres –el más grande conocido, mitológico, casi bíblico– y, sin embargo, tan difícil de ver. Esas ballenas remotas pero insospechadamente cerca. Las hemos llevado pegadas al cuerpo (sus barbas, la base de los antiguos corsés); su aceite, combustible para iluminar ciudades; su carne, sustento para pueblos enteros, y su presencia, encendiendo obsesiones en la mente de marineros.
Ballenas útiles, “sea su carne destinada a 10 000 bocas / sea su aceite luz para las noches y todas las frituras del verano,” como describe el poeta Antonio Cisneros. Otras son pentimentos, espejismos, artífices de cantos inaudibles para nuestro oído. ¿Son acaso de este mundo? Imperceptibles en el océano, esquivas en los lienzos, apenas registradas en enciclopedias. ¿Las hemos imaginado?
Ballenas. Bautizadas así por Aristóteles, clasificadas como cetáceos y elevadas al cielo convertidas en constelaciones: majestuosas, insondables. En la literatura, encarnan lo sublime y lo total. Son aquello que se escapa a la razón, el fracaso de la percepción humana contra lo que es.
En pinturas, su figura aparece a veces efímera, otras brutal. Ellas son los ‘Monstruos Marinos’ de Turner, diosas varadas en costas, su cuerpo envuelto en bruma se confunde con la luz y niebla, desdibujándose, imposible apresarlas en pintura. Criaturas convertidas en vendettas personales, la más célebre ballena blanca, inmortalizadas así. Ballenas (demasiadas) heridas, atravesadas, capturadas o exhibidas como Hope en el hall del Natural History Museum.
Con el tiempo, nuevos textos y miradas surgen para intentar captar el mito: el híbrido ‘Silent Whale Letters’ (Fitzcarraldo), ‘Los últimos balleneros’ (Asteroide) o el exquisito ‘Ballena’ (Periférica). Ahora, la editorial Barlin Libros las celebra publicando el ensayo ‘Ballenas invisibles’, de la escritora y poeta Paula Díaz Altozano.
En este vibrante libro, la autora se embarca en un lírico y personal periplo hacia el odiseico avistamiento. Una búsqueda incansable que la llevará desde las Azores e Islandia hasta Perú y otras aguas profundas para presenciar a esas deidades elusivas, imaginarias, y fascinantes. Adentrarse en esas marismas implica intuir lo que no se ve.
“El mar es la aventura, la ballena la posibilidad”, escribe Díaz Altozano. Y, en esta exploración perpetua, nos conduce a preguntarnos si, quizás, encontrar una ballena es también tratar de hallar algo en una misma.
Puedes leer el artículo y la entrevista a la autora en Revista MAKMA
