Entré en la sala con las manos muy frías, el vaho aún entre los labios y prisas que sobraban. Afuera, Madrid llovía caprichosa. La humedad —extraña, impropia— calaba hondo. En esa mañana la Galería de Colecciones Reales —impune, serena— acogía entre reliquias de Austrias y Borbones la presentación del libro objeto: Sorolla Íntimo.
He visto más de Sorolla en Madrid que en mi propia ciudad, la misma que la del pintor. He visitado su casa en la calle General Martínez Campos más de una vez: la primera, en un viaje escolar; luego, en conferencias por su centenario y en exposiciones conmemorativas. Quizás hablar de Sorolla—ya sea aquí, en Madrid o en cualquier otro lugar —sea una forma de invocar el mar.
Durante la presentación, su bisnieta contaba emocionada que gracias a las cartas, había podido acercarse al lado más humano, más tierno, de su bisabuelo. Recitó algunos fragmentos. Cartas llenas de lo que ya habita en sus cuadros: vida, luz y devoción. Escribía a su mujer Clotilde cada día con hambre: “Cuando estoy contigo, todo tiene sentido, hasta el color de la luz cambia. Sin ti, no sé quién soy.” En total, unas dos mil. Clotilde García del Castillo. Pintarla y escribirla eran actos gemelos que durante treinta años de matrimonio, enamorados desde los quince, sostuvo.

Sabemos ahora que no solo fue protagonista de los cuadros del artista. Fue sobre todo pieza esencial de toda su estructura creativa. Mientras él pintaba, frente a los mares de Valencia, en el jardín de la Alhambra o retrataba en su estudio (siempre con la realidad delante), ella gestionaba con destreza -y la discreción de la época- los compromisos, las exposiciones, las ventas y el complicado equilibrio entre el arte y la vida familiar. Era un hilo silencioso. Un centro. Y la pintura, una aliada para ambos. Sustentaba a la familia y trabajaban cómplices. Por él, para ellos, para sus tres hijos.
Me detengo en la idea del color. Y cómo el amor era, para Sorolla, paleta infinita. Igual que la luz, también fugaz, cambiante, irretenible. Clotilde, Clota, en la playa, entre las sábanas, sosteniendo una cámara de fotos, acunando a un bebé. Clotilde en el dormitorio. Ella y el mar siempre están.
Recuerdo las palabras de Manuel Vicent que acompañaban la exposición «Sorolla y el mar». Escribía que «Sorolla aceptó pintar la contradicción de la luz como un desafío». La contradicción de la luz, me paro ahí. Es una luz que contiene «un blanco deslumbrante», y a su vez «una luz negra que te ciega».
Esa es la mirada de Sorolla. Una mirada anhelante, que desea contener. En cada pincelada está la urgencia de quien sabe que nada permanece exacto. Lo oscuro que habita en el blanco. El mar nunca es el mismo canta también Stevie Nicks. El amor, tampoco. Entre el trazo y la luz, Sorolla buscaba transformar el instante íntimo, cegador, en algo eterno.
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Ejemplares de Sorolla Íntimo (Artika Books). La cubierta escogida es un detalle del cuadro Instantánea. Clotilde sosteniendo una cámara fotográfica. Sorolla la conoció trabajando como aprendiz en el taller de fotografía del que sería su suegro.

Réplica del único cuadro que colgaba en el dormitorio.
